Dios me ha pedido un techo
Hace un par de semanas, aunque parece una eternidad, viví algo que me descolocó profundamente. Un evento del que me he negado a hablar o escribir fuera de mi círculo más cercano (que, en realidad, es muy pequeño).
Alguna vez leí que, al mencionar los fantasmas, estos pierden fuerza. Eso intento ahora.
Para dar contexto, lo primero que debo admitir es que, en los últimos dos años, descubrí algo esencial: tengo un perfil altamente adictivo. Sustancias, personas, trabajo... me vuelco hacia todo con demasiada intensidad. La mesura no es algo que este vehículo que habito tenga bien calibrado.
No lo sabía del todo. Ahora entiendo esa frase brutal: “Todo lo que juzgas en el otro, lo juzgas en ti.” Tan profunda como cierta. Integrarla, sin embargo, requiere valentía radical.
Un día tuve que admitirlo: las adicciones en otros, que tanto me molestaban, eran un reflejo de mi propia adicción. Incluso esa adicción al otro, a cambiarle, a la intensidad que provocan las emociones de una relación turbulenta. Cada vez que limitaba a alguien, me estaba hablando a mí misma.
Cuando la vida fue quitándome a aquellos en quienes podía desbordar mis sombras, comencé a beber más. A fumar cannabis de forma más descontrolada. Tenía temporadas de radicalidad en las que lo dejaba todo, sobre todo cuando empezaba a darme cuenta de que la sustancia tomaba control sobre lo que conozco como Vanessa. Después de una temporada seca, volví a fumar. Primero uno o dos días a la semana. Luego, durante una semana entera, lo hice todos los días: mañana y tarde.
Un día, bailando sola en mi casa, me dejé ir. Quise liberar todo lo reprimido. Mientras fumaba, comencé a ser: a escribir frenéticamente, a traducir palabras y símbolos en un lenguaje nuevo. Comprendí que el lenguaje tradicional está hecho desde una polaridad masculina. Y me dije: “El lenguaje que he recordado—el Argló—es lo femenino, lo intuitivo.”Escribía, bailaba, fumaba, cantaba, regresaba… y solo de recordarlo, mi cuerpo comienza a llevarme allá otra vez.
De pronto, me desconecté. Era tan libre, y tan ensimismada, que dejé de distinguir la frontera entre la libertad del ser y la esclavitud de la obsesión. Comencé a disociarme y vi una imagen que me fracturó por dentro: yo era un enorme feto suspendido en el vacío. Todo en mi vida—las personas, mi empresa, mis cosas—eran un juego que yo misma jugaba. Nada existía. Estaba sola. Completamente sola. Obsesionada, moviendo las piezas de mi tablero para no ver la vastedad de ser una conciencia absolutamente poderosa y, a la vez, absolutamente desolada.
Pienso en una frase de una canción que ahora me atraviesa con una claridad nueva:
Dios me ha pedido un techo,
cansado de todo ese cielo,
de no tener nada encima del lomo,
de no tener nada, de tenerlo todo…
Dios, me ha pedido un beso.
Lo que vi me destruyó. He tenido miedo desde ese día. Estoy pasando por la mayor crisis existencial de mi vida. Las muertes, las pérdidas… todo eso que antes me devastaba, preferiría vivirlo mil veces antes que aceptar lo que vi.
He tratado de comprender si lo que vi era cierto o solo una proyección del subconsciente de una niña que, incluso en compañía, se quedó sola. Llena de responsabilidades, de miedos, de ausencias.
Sé que hay muchas capas de la verdad. He cotejado esto contra las teorías del todo que he leído y estudiado: filosofías, disciplinas, religiones. Racionalmente, podría tener ciertas cosas claras. Pero aún no comprendo… y quizá ya no quiero comprender.
Comencé este camino buscando paz. Buscando dejar atrás el dolor de tantos duelos que me han parecido eternos. Y ahora, ese dolor parece más seguro, más reconfortante, que la posibilidad de disolverme en el todo.
Quizá el Todo no es exactamente lo que vi. Pero el Todo está solo, como nosotros lo estamos. Este plano es solo una ilusión. Todo lo que hacemos… a veces siento que nada tiene sentido. O quizá lo tiene todo, y yo aún no he podido atravesar el umbral donde la creación se da cuenta de su capacidad de crear y comienza a hacerlo en libertad. Por el gusto de existir. Por jugar un rato a ser Vanessa.
No sé qué pasará. Solo sé que estoy aquí. Viviendo. Sosteniendo esta experiencia. Esperando integrar, avanzar. Y—sobre todo—con la esperanza de vivir una buena vida.
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